Querido Andrés

Querido Andrés:

La verdadera magia caribeña se aprecia en la oscuridad, cuando la luna pierde su protagonismo para cederlo a unas luces vivas que nacen y mueren como tú y yo. Este circo lumínico se da en todo su esplendor en una duplicada bóveda celeste llamada Puerto Mosquito: la bahía bioluminiscente más brillante del planeta Tierra.

Para llegar a esta esquinita escondida, hay que tomar un ferry o avioneta hasta Vieques, isla-municipio del archipiélago puertorriqueño, y único terruño de mi tierra que visitó el libertador Simón Bolívar. Una vez en la Isla Nena (como le decimos de cariño) vas a oscuras por un camino de tierra rodeado de una flora exótica para ti, pero típica de estos suelos caribeños. Llegas a la orilla del mangle, te montas en un kayak y remas a ciegas por la profundidad de la noche. Una vez alcanzas la zona más oscura, el realismo mágico te chupa y te escupe en una dimensión paralela envidiada por James Cameron.

El agua tiene millones de dinoflagelados, un microorganismo que brilla en la oscuridad y cuando lo agitan. Así que en lo más oscuro del corazón de la noche, estos coquetean tiernamente con tus pupilas, forzándolas a dilatarse hasta su límite; obsesionadas en atrapar cualquier rastro de luz. Te aseguro que no querrás cerrar tus ojos ni para pestañear.

En esta laguna llena de estrellas, todo brilla. Brilla tu mano cuando la metes al agua, brillan los remos, brillan los peces y tiburones cuando pasan como cometas desorientados. La luz salpica a tu alrededor y, al levantar la vista, la nube de la vía Láctea se luce con la misma brillantez, recordándote que eres tú el dinoflagelado en este microuniverso.

Si tienes suerte, lloverá. Las gotas que caen de alguna nube pasajera hacen que todas las estrellitas en el agua se enfurezcan en un festín de luz incontrolable, digno de otro planeta. Solo hay una palabra para describir la sensación que da experimentar algo como esto: amor; puro amor.

Ojalá los dioses te permitan dar un paseito en esta tierra antillana. Mientras tanto, espero que la imaginación te haya teletransportado a este rinconcito lleno de magia, puesto que no hay que volar para llegar lejos.

Un abrazo hasta Girona,

Brenda

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