La otra cara de la procrastinación

La otra cara de la procrastinación

 

Procrastinar está de moda. No porque no se haya procrastinado en el pasado, sino que ahora se ha popularizado el término (la palabra) de aquello que hacemos cuando no hacemos lo que tenemos que hacer. Incluso decirla suena extraño; como esas palabras que al expresarlas no estamos seguros si la acabamos de inventar o si simplemente la pronunciamos mal. Pero no, no es un disparate: viene del latín ‘procrastinare’ y significa posponer (‘pro’: para y ‘cras’: mañana). Más curioso aun es la representación visual de la palabra en algunas pinturas europeas del siglo XVI que trabajaban el tema de las Vanitas. En estas, se utilizaba la imagen del cuervo para decirle al espectador “no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy” ya que ‘cras’ es también la onomatopeya del graznido del cuervo. Y, aunque todos hemos escuchado esta frase un sinnúmero de veces, el significado que se le daba siglos atrás es muy diferente al que se le da hoy día pues, antaño, esta estaba ligada al catolicismo, por lo que su intención era recalcarle a las personas que no esperara un día más para arrepentiré de sus pecados y entregarse a Dios pues nunca se sabe cuándo se va a morir y no rectificarse resultaría en pasar toda la eternidad ardiendo en las pailas del infierno. Actualmente, el término se ha desligado de sus raíces cristianas: ya no busca el arrepentimiento de sus devotos sino recordarles que sus niveles de estrés aumentarán sustancialmente si continúan posponiendo sus deberes.
Pero ¿qué nos incita procrastinar? Pues el tiempo. Mientras más tiempo tenemos para terminar una labor, más altas son las posibilidades de distraernos y posponer lo que sea que tenemos que hacer. Y es que hay varias etapas viciosas y casi inevitables cuando tenemos que, por ejemplo, escribir un artículo: Día 1, te solicitan el trabajo; Día 2 al 4, vas al cine, limpias la casa, lees un libro, etcétera, todo menos pensar en una idea concreta para articular. Día 5, entras en pánico porque falta poco para la entrega. Día 6 y 7, escribes entre ansiedad y desespero lo primero que se te ocurrió, asombrosamente, escrito con coherencia. El filósofo y escritor Xavier Rubert de Ventós trata esta cuestión en el ensayo “Planchar ideas” de su libro “Dios entre otros inconveniente.
El autor plantea que un artículo supone plasmar una o, a lo máximo, dos ideas, y ser claros en lo que queremos articular, por tanto “Si uno tiene tiempo para pensar en ello, la cosa se complica indefectiblemente, y el peligro que salga un churro aumenta de forma notoria”. Según él, la clave para escribir un artículo eficaz y coherente es no tener tiempo para ello. Una vez estemos claros en lo que queremos plantear debemos “escribir enseguida y rematar de bote” pues mientras más tiempo tenemos para reflexionar sobre el asunto, más asociaciones e interpretaciones comenzaremos a hacer, y lo que intentamos decir queda confundido y desparramado entre otras ideas ajenas a lo que aspiramos articular. Entonces, dejar para mañana lo que teóricamente pudiésemos hacer hoy, tiene su utilidad cuando enrollamos nuestros pensamientos en un nudo de incomprensibilidad en donde ni nosotros mismos entendemos nuestro propósito.
Cuando el cuervo de la conciencia comience a decirte Cras! Cras! acepta su buen consejo con valentía, pues no tener tiempo para algo no necesariamente supone un problema. Al contrario, esto no solo ayudará a enfocar toda nuestra atención en un solo argumento, sino que estimulará la creatividad gracias a la avalancha de adrenalina que recibiremos, y esto, con el tiempo, nos ayudará a dominar como dice Rubert de Ventós, el arte de decir lo que se piensa sin pensar lo que se dice.

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