La estética de las ostras

La estética de las ostras

La estética es la capacidad de un objeto o situación de ser bello o feo.  El individuo, mediante una reacción estética, decide si el objeto enfrentado es placentero o no.  Esto se determina mediante juicios estéticos, puramente subjetivos, basados en el gusto individual de la persona.

Formulando la pregunta “¿Me gusta o no me gusta?”, emitimos juicios estéticos constantemente, consiente o inconscientemente.  La ropa que vestimos, los lugares por donde caminamos, las cosas que tocamos, la comida que a diario ingerimos, las personas con quien compartimos; toda acción, decisión, resolución tomada, desde el momento en que despertamos hasta que dormimos, es un juicio estético.

Como lo antes mencionado, la concepción de que algo es estéticamente bello o feo es totalmente subjetiva, puramente individual, por ende, uno como persona no puede decir que algo es absolutamente bello sin discusión alguna pues, para otro semejante, puede resultar todo lo contrario.

Todos reaccionamos ante un objeto o situación y determinamos si el mismo es estéticamente bello o no.  Por ejemplo, si al observar un cuchillo nos fijamos en su diseño, línea de contorno, brillo del metal utilizado, es entonces una reacción estética; pero si nos fijamos en lo bien que corta, entonces no lo es.  Es, en fin, admirar un objeto en si, no por su funcionalidad o beneficio que pueda traer a la persona.

A pesar de que el objeto causa una reacción estética en nosotros, la experiencia puede ser más gratificante si uno como persona busca lo estético en el objeto y no espera a que él  se lo muestre.  Por ejemplo, puedo observar una silla de plástico y ésta no causar en mi ninguna reacción estética a primera vista, sin embargo, puedo observar detenidamente la silla y buscar placer estético en las líneas del diseño, en el color, en el tamaño y de esta manera catalogarla como un objeto altamente estético.  Esto nos demuestra que cualquier objeto se puede observar estéticamente; solo dependerá de la persona que se enfrente ante él y el juicio que emitirá.

Entender como cualquier cosa tiene la capacidad de ser estético y que lo que lo determina es la persona que se enfrene ante él, nos ayuda a comprender la atracción  por lo kitsch.  Un objeto vulgar, corriente, barato, que trata de imitar a una clase social alta, cobra valor ante alguien que simplemente supo observar su estética más allá de lo que el objeto en sí significa.

Por lo general, la reacción estética comienza por el sentido de la vista: observamos al objeto y determinamos su valor estético; sin embargo, una experiencia estética será más concreta y  agradable si utilizamos todos los sentidos para apreciar al mismo.  Esto puede sonar algo confuso si pensamos que, aunque pueda ver estéticamente bella a una silla de plástico, no la puedo probar, escuchar  ni oler.  ¿Se limita entonces al tacto y a la vista? Tal vez, excepto si pensamos que a nivel molecular todo se esta desintegrando constantemente y, por lo tanto, olemos y comemos particular microscópicas del objeto observado aunque no nos percatemos por lo minúsculo de los pedazos consumidos de manera inconsciente.  Como sea, la insignificancia en el tamaño de éstas partículas es demasiada como para poder apreciarlas gustativa y olfativamente.  De esta manera, la mejor forma de explicar una experiencia estética es a través de la comida.

La comida tiene la capacidad de llevarnos a una experiencia estética mas clara puesto que se utilizan todos los sentidos.  Vista, olfato, tacto y gusto: este sería el orden sensorial por el cual logramos reaccionar estéticamente ante la comida.

El olfato es sumamente importante puesto que el gusto depende de el; por ejemplo, si al ingerir un alimento te tapas la nariz, solo serás capaz de identificar si lo consumido es dulce, salado, amargo o agrio, pero no serás capaz de identificar el sabor peculiar del alimento que es.

La audición queda prácticamente aislada en esta experiencia al menos que uno se deleite al escuchar una alcapurria friéndose, el popcorn reventando en el microondas, el sonido del cuchillo mientras corta una zanahoria o, en todo caso, el sonido que produce la avena cuando se mastica.

Lo novedoso de poder apreciar estéticamente la comida está en que no es solo comer lo que nos gusta y deleitarnos por la textura, sabor y olor del mismo, sino en cómo se puede suspender los prejuicios -y gustos individuales- para ingerir una comida que, dentro de la cultura en que se ha crecido y/o los cánones auto impuestos, no es realmente apreciada por su apariencia física, olor o sabor.  Al igual que la silla de plástico, sería reaccionar estéticamente ante ella e ingerirla para continuar en busca del placer estético.

Como ejemplo utilizaré las ostras.  Las ostras son a primera vista, asquerosas.  Su concha parece estar llena sucio, hongo, algas y hasta tierra; huelen a mar, pero no de la brisa agradable que nos relaja después de un día ajetreado, sino al que tiene el agua sucia por los barcos en el puerto.  Parece una piedra y se podría pensar que no tiene nada en su interior.  Con mucho trabajo y la ayuda de un cuchillo, se logra abrir para encontrar nada más y nada menos que algo baboso, blando, de colores cremosos y verdes que nos hacen recordar esa mucosidad que se escupe cuando uno esta enfermo.

Considero que la primera persona que se atrevió a comérsela tuvo que estar famélico o demasiado curioso.  Si lo comió por la desesperación del hambre, no fue estético, pero si lo comió por la atracción casi sublime de su aspecto físico entonces pasaría a ser alguien con un sentido estético bastante agudo.  Para que una comida sea estética, no puede ser ingerida por su valor nutricional; debe ser ingerida simplemente por el placer causado a los sentidos al consumirla.

Luego de pensar por varios días la razón por la cual probé por primera vez una ostra mi respuesta me sorprendió: por el mero hecho de probarla.  Dentro de la desagradable apariencia física de la ostra, había algo que no me dejaba no comerla.  Entre su forma irregular y sus colores oscuros pude ver que realmente no era tan fea, simplemente, fuera de lo común.  Su “anormalidad” se ve compensada por el nácar en un interior: un destello de colores llama a probarla.  El problema mayor al analizarla como una experiencia estética plena fue que realmente tragarme el cuerpo blando de su interior, bañado de limón, no era realmente probarla.  Tenía que masticarla.  Realmente no sabía a que sabia una ostra; sabia como olía y como se veía pero el sabor experimentado era el del limón -o tal vez un poquito de cocktail sauce- luego de tragarla.  Pregunte a varias personas y todos me contestaban lo mismo: que no sabía a nada, que solo sabía al limón que se le echaba.   Estas personas con quien hable, comían ostras por simplemente comerlas, o por su valor nutritivo.

Si se pretende encontrar placer estético al comer las ostras, el acto de consumo tiene que ser mas complicado que meramente tragarlas.  Se ven en el plato y por su irregularidad nos llama la atención.  El olor a mar se percibe desde la distancia  y nos prepara para un sabor que podríamos comparar con otros mariscos o pescados.  Tomamos la ostra en nuestra mano y, entre el frío y lo mojado, sentimos la aspereza de la concha y hasta una sensación arenisca que nos hace recordar de donde viene.  A la fuerza de un cuchillo, la abrimos.  Ponemos a un lado la concha que no contiene lo que se pretende ingerir.  La otra mitad de la ostra se queda en nuestra mano y lo que se comerá brilla por el agua que contenía y los destellos del nácar.  Con una cucharita despegamos el cuerpo blando de la ostra y, mientras nos acercamos la concha –sin haber echado algún ingrediente que altere su sabor original- podemos sentir cada vez más fuerte el olor a mar.  Chupamos.  Una vez en la boca, comienzas a masticarlo.  Cada mordisco hace salir un liquido que acentúa ese extraño sabor a como huele el agua de los puertos – como tal vez mejor lo describiría es como agua vieja.-.  Suave, viscosa y algo elástica, no se tritura por completo en la boca.  Tragamos y exhalamos, esto último dándonos una final explosión de ese sabor a marisco en agua vieja.  Mientras baja suavemente por la garganta se siente como si acariciara el esófago; razón principal por la cual la mayoría de las personas ingieren dicho alimento.

Si se quiere experimentar en su totalidad el placer estético de una ostra, no se debe tragar ni añadir algún sabor como lo es el limón, el pique o el cocktail sauce.  Estos alteran el sabor de la misma evitando degustar su peculiar sabor.  Mucho menos tragarla sin antes haberla masticado, pues, aunque parte de la experiencia estética esta la sensación provocada al tacto, no es hasta que acaricia todas las glándulas gustativas de tu lengua y se mezcla con el aire entrado por la nariz, en que puedes apreciar el verdadero sabor de una ostra.

Añadirle un condimento y sencillamente tragarla hace que la experiencia estética sea una diferente y hasta más fácil, pues solo experimentas lo visual, lo olfativo y lo táctil.  El gusto pasa a ser, no el sabor de la ostra, sino el del condimento agregado.

Probablemente no muchas personas enloquezcan con el sabor de la ostra –menos con el alter taste que deja y que no se va con nada-; es un sabor rancio que mezclado al olor de agua de puerto y a su textura blanda, se convierte en una experiencia bastante asquerosa.  Sin embargo, poder apreciar sus encantos, o mejor dicho, tener la capacidad de de extraer el placer estético de algo que realmente no es agradable, es bastante placentero –doy fe de eso luego de comerme las ostras para éste trabajo-

La clave está en suspender temporeramente el disgusto.  Como nuestra capacidad gustativa depende mucho de nuestra cultura, arrastramos muchos prejuicios.  Estos prejuicios es casi imposible –difícil creo que es más apropiado- eliminarlos para poder pensar objetivamente.  Así que ese disgusto provocado por prejuicios culturales debe ser suspendido para poder someter al paladar a experiencias gustativas nuevas y de esta manera encontrar placer estético en cosas que jamás pensó encontrar.

Ahora, entendiendo que la comida tiene la capacidad –al igual que otras cosas- de ser estéticamente placentero –aunque sea malo- ¿Podría ser considerado arte?  Tomando en consideración los términos que hacen que un arte sea arte, entiendo que si.  La comida lleva a cabo una técnica, unos medios de preparación, una mente creativa y un trabajo final que será apreciado por una o más personas.  El resultado final creará una reacción estética en la persona que lo observe y mucho más fuerte en la persona que lo consumirá.  Me explico: el arte siempre se a puesto como mejor ejemplo de estética pues éste causa en nosotros reacciones estéticas que hacen que nosotros lo cataloguemos como buen arte o mal arte; bello o feo; me gusta o no me gusta.  Sin embargo, por lo leído y estudiado, una verdadera –y completa- experiencia estética se basa en absorber todo lo que el objeto me puede ofrecer como objeto estético.  No solo el placer visual, auditivo o táctil, sino que también el olfato y el gusto son vitales para poder saciar esa sed de estética al reaccionar ante un objeto.  La manera más accesible a todo el mundo de poder experimentar una experiencia estética, sin necesidad de un conocimiento histórico y técnico, es a través de la comida.  La comida esta accesible a todos y, aunque el sabor, textura, olor y aspecto visual no sean los mas agradables –pensando en los prejuicios culturales- se puede experimentar placer estético.  Como las ostras; accesibles a todos y capaz de facilitarnos una experiencia estética como ninguna otra.  Puede que nos guste, puede que no, al igual que cualquier otra obra de arte.

La comida como arte puede confrontar problemas por lo efímero y particular de la experiencia, sin embargo, dentro de los cánones del arte en éstos días contrasta muy bien.  Si se puede ver el performance como arte ¿por qué la comida no si ésta nos brinda una mejor y más accesible experiencia estética?

Aunque no sea una de las artes mayores, como la pintura o la arquitectura, que trasciende a otras generaciones y es la misma para todos –puesto que la comida es diferente en cada plato- no se puede poner en duda la complejidad, creativida y estética de la misma.  Además, de todas las ramificaciones del arte, la comida es la que mejor lleva a conocer una experiencia estética, esto por la utilización de casi todos -o todos- los sentidos; como las ostras: nos bombardea visualmente con su aspecto repugnante,  pero que nos puede sorprender con una sensación sublime si descubrimos una perla en su interior.  El sonido crujiente mientras abrimos la concha, nos confunde para sorprendernos con su viscoso interior.  Nos arrebata de un olor a mar añejado que por alguna razón no podemos dejar de olfatear y nos hace recordar diferentes mariscos y pescados, menos a la ostra en sí.  Gracias a su sabor rancio, no nos olvidamos de él y aunque pueda ser repugnante, lo describiríamos mejor que si supiera bien –porque diríamos que simplemente sabe a marisco-. Su textura es incomparable y al bajar por la garganta nos acaricia la misma como pidiendo perdón por el bombardeo de sabores amargos.

Tal vez sea efímera ésta y otras experiencias estéticas culinarias; pero no hay duda que es esa misma brevedad la que hace de ella una única y, al entenderse la importancia de la estética, una totalmente placentera.

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