Desastre Natural

Hacia el suroeste apunto mis cañones en cada ocaso, disparando lágrimas rancias que queman mi orgullo mientras machacan mi dignidad. 

Llantén a llantén relleno la nube negra que flota constantemente sobre tu casa; para que te llueva a cántaros en el jurutungo, hasta que el frío enfangue tus huesos y cale tu libertad. Ni del chirimiri en la aurora te salvarás, puesto que fuiste tú quien condensaste toda esta humedad. 

Aúlla todo lo que quieras a la luna llena. Aúlla todo lo que quieras en el bosque. Nada podrá despejar los cielos que nublaste con insultos sin porqué. Nada podrá despojarte de ti mismo ni de la tormenta que invocaste con manipulaciones, robo, ego, inmadurez y abandono.

Ojalá te llueva allá en el campo para que logres ver rojo donde dices que hay marrón y así puedas entender que este diluvio no llegó sin razón. 

Total, no sé para que me fajo tanto… porque aunque Erich habló de ti en el 1956, sigues a ciegas sin destetarte de las malas costumbres que te llevaron a este punto tan bajo del siglo XXI. 

¡Shhh, baja eso! El dolor es tanto que hasta la música me incomoda pero, ¿quién diría que dolería tanto perder a un mal amigo? ¿Quién hubiera pensado que extrañaría tanto a un mal amigo? No encuentro una melodía que pueda darle un sobito a mi corazón luego de este desastre tan natural. 

Pero te perdono, mal amigo. 

Aunque hayas utilizado mi deseo de morir en mi contra, te perdono. Porque te recuerdo en las curvas de aquella tarde en el monte, y me remonto a lo que verdaderamente soy y quiero. Y me perdono. No me queda otra que aceptar que confundo cualquier brillo con oro.

Shhh… baja eso; por favor. Ahora mismo no tengo ánimos de escuchar nada que no sea al comeñame en la mañana. 

¡Cui cui cui cui! 

Así se ríe de mí con cariño para dejarme saber que no necesito seguir desangrando mis cañones porque por fin ha llegado el alba. 

Llegó la luz que hace a mis plantas crecer y por eso, te perdono.