ACADÉMICO: La representación de la muerte en Internet

La representación de la muerte en internet

Brenda L. Ayala Berríos

Facultad de ciencias de la comunicación

Prof. Fernando Pérez Borbujo

Universidad Autónoma de Barcelona

Resumen: La muerte humana es un tema sensible a cualquiera principalmente por la ignorancia de todos ante qué realmente pasa cuando morimos, aparte de la inevitable putrefacción de nuestro cuerpo que tanto horror nos causa. Desde los comienzos de la cultura occidental se ha intentado de representar la muerte a través de imágenes (pictóricas, escultóricas, etcétera) por diversas razones que varían desde perpetuar la memoria del fallecido o hacer recordar a los vivos sobre su inevitable condición, hasta con fines más educativos y, en el peor de los casos, por puro morbo. Hoy en día la internet se presta para una nueva mirada a la muerte en donde prácticamente no hay límites en lo que debería ser publicado y que no, resultando así en un enorme archivo de imágenes macabras que no parecen cumplir con otro propósito que el de satisfacer la curiosidad mórbida de muchos.

1. Imágenes figurativas

El arte en la cultura occidental nace funerario[1], pues la muerte es quien rige muchas de las primeras manifestaciones artísticas: retratos, urnas funerarias, mausoleos, esculturas, máscaras mortuorias, féretros, son algunos ejemplos de piezas creadas para y por la muerte del ser humano. Incluso el embalsamador se podría considerar como el primer conservador en nuestra cultura, encargado de preservar el cadáver como cualquier otra obra de arte[2]. Y es que el terror hacia la muerte, el miedo de perder a quien se quiere, ha inspirado a muchos a crear objetos, representaciones e imágenes que nos ayuden de una forma u otra a perpetuar el recuerdo de quien ha fallecido. Más cuando la muerte es ya esperada pues “con la ansiedad de quien tiene los días contados, se agranda el furor documental”[3].

Para los griegos antiguos vivir no era respirar sino ver, pues la vista era el sentido más importante para ellos. Incluso morir para un griego no significaba dejar de respirar sino dejar de ver y la ceguera era considerada como muerte en vida. En algunas de sus palabras, raíces de las nuestras, podemos ver la relación tan íntima que tiene el acto de ver con el de la muerte: phantasmata= mostrar, aparecer; phantasma= lo que aparece (imagen del muerto); phantasia= facultad de asociar los fantasmas retenidos por la imaginación; Eidonai= ver (reconociendo); eidôlon= alma del cadáver. Este último representa la sombra del difunto, su imagen intangible de la cual se hacían esculturas que sirvieran para albergar a esta ya que “entre el representado y lo representado hay una transferencia de alma”[4]. La imagen encargada de alojar el alma del difunto se convertía de cierta manera en el difunto. Incluso la palabra griega para signo es sema que significa piedra sepulcral[5].

Más allá de la imagen figurativa también utilizaban el symbolon para representar a personas vivas. Esta era una tablilla de barro que se rompía en varios pedazos y cada uno se le entregaba a una persona como método de identificación[6]. El symbolon no solo era un pedazo de barro cocido sino que era a su vez la persona en sí; era un carnet de identidad que contenía, metafóricamente, una parte de la persona representada.

La palabra ‘imagen’ viene del latín imago: una mascarilla de cera que se utilizaba para reproducir el rostro de un difunto con la intención de perpetuar su persona. “Una religión [la romana] fundada en el culto de los antepasados exigía que estos sobrevivieran en imagen”[7], así pues, la máscara, la escultura o cualquier representación que se hiciera sobre el difunto se trataba con el mismo (o mayor) afecto y respeto que se trataba a este cuando estaba vivo pues esta era la persona[8]. Claro está, el privilegio de perdurar en imagen estaba limitado a la nobleza.

También la palabra ‘imagen’ supone estar derivada del latín imitari (imitar), en este sentido “la imagen es re-presentación, es decir, en definitiva, resurrección”[9]. Lo que reafirma nuevamente la importancia de las imágenes figurativas para la cultura occidental. Esta no es una mera copia sin valor; es volver a tener presente y real a quien es representado. Un doble en cuerpo y espíritu.

Al igual que los griegos y romanos, los cristianos trataban (y tratan) su imaginería con la misma sumisión y respeto que quien es representado. Comenzaron por sacar los restos de los santos y mártires de las catacumbas para exhibirlos como reliquias en las basílicas. Ahí frente a los feligreses, expuestos como tesoros de la iglesia, estaban los huesos y hasta algunos órganos disecados. Eventualmente se pasó a representarlos en exvotos, retablos, frescos, cuadros… “así se pasa, sin que nadie se dé cuenta, del amor a los huesos al amor del arte”[10]. La imagen de Dios (padre, hijo y espíritu santo) y la Viren María, también serán plasmadas en diversos medios plásticos a través de la historia, incluso aunque no haya referencia alguna de cómo son o deberían ser físicamente.

“Representar es hacer presente lo ausente. Por lo tanto, no es simplemente evocar sino reemplazar. Como si la imagen estuviera ahí para cubrir una carencia”[11]. Una carencia que no se limita al deceso de una persona sino que también aplica a la ausencia de esta por razones ajenas a la muerte: el amigo que se mudó de ciudad, el jefe que nadie ha visto en persona, el artista de quien somos fanáticos, el líder político que nunca ha visitado una oficina de gobierno, etcétera. Por lo que dañarlas, destruirlas o alterarlas negativamente significa una gran ofensa no solo a quien es representado sino a quien le valúe[12]. Sin embargo, no hay vacío que se ateste mediante una imagen como el de la muerte.

Ya sea por convicciones religiosas, políticas, culturales, sentimentales, etcétera, la creación de imágenes nos ayudan a recordar y revivir instantes del pasado con claridad y a reemplazar de cierta manera eso que no está disponible para nosotros en el presente. Sirven de consuelo pero también, cuando se trata de representaciones relacionadas a la muerte, un llamado a nuestra inevitable realidad.

2. Imágenes figurativas conflictivas

A lo largo de la historia de la humanidad un sinnúmero de imágenes figurativas han sido catalogadas como ofensivas debido a su “capacidad turbadora”[13]. Esta capacidad de escandalizar ofender, o irritar ha provocado que, en ocasiones, se censuren muchas de ellas por parte de personas con suficiente poder como para prohibirlas, en su mayoría líderes políticos y religiosos. Y las razones para que una imagen sea considerada conflictiva y por consecuencia sea censurada, varían grandemente desde asuntos como caricaturas, obras de arte y anuncios publicitarios hasta cuestiones más triviales como la representación de actos sexuales e imágenes explícitas de moribundos o fenecidos. La naturaleza de este tipo de imágenes se mantiene entre “lo simbólico y lo real, lo conceptual y lo ontológico, lo mágico y lo existencial”[14] y, sin lugar a dudas, son reflejo de la sociedad que las crea.

Al igual que una palabra puede herir o animar a alguien, las imágenes pueden provocar molestias, alegrías, miedos, incluso hasta más intensas que las escuchadas pues, como dice Horacio en Ars Poetica  “aquello que la mente percibe a través de los oídos le resulta menos estimulante que lo que viene presentado a través de los ojos y de aquello que el espectador puede creer y ver por sí mismo”[15]. Esto principalmente por el gran estímulo que provocan a nuestra imaginación.

Al enfrentarse ante una imagen, el espectador emite un juicio estético que le lleva a decidir si lo que ve le gusta o disgusta. Esta decisión de placer o displacer se basará de acuerdo a cómo la conciencia de la persona se haya cultivado (su cultura, sus tradiciones, etcétera) por lo que al final “el sujeto ofendido no es la sociedad, sino las personas, que ante ciertas obras experimentan una turbación que puede ser el preámbulo de la vivencia transgresora”[16]. Es una ofensa que, aunque de carácter individual, repercute inevitablemente ante otros sujetos que tengan las mismas convicciones.

El efecto turbador que una imagen figurativa puede tener hacia una o más personas puede derivarse por “representar aberraciones perceptivas inusuales, o bien por construir transgresiones culturales que vulneran los códigos figurativos consolidados por la tradición”[17]. La primera podría entenderse como una situación más universal que la segunda pues, por ejemplo, un muerto en estado de putrefacción es una imagen con más posibilidades de rechazo por los sentimientos que pueden generar en el observador (asco, lástima, miedo, tristeza), en especial en sociedades contemporáneas ya que “hoy no ponemos en relación nuestro fracaso vital y nuestra mortalidad humana. La certidumbre de la muerte, la fragilidad de nuestra vida, son ajenas a nuestro pesimismo existencial”[18]. La descomposición se observa como signo del fracaso del hombre ante la vida, por tanto, es unan imagen llena de espanto que el ser humano querrá evitar a toda costa.

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[1] Debray, R. Vida y muerte de la imagen (Barcelona: 1994), P. 20.
[2] Ibid P. 26
[3] Ibid P. 26
[4] Debray, R. Vida y muerte de la imagen (Barcelona: 1994) P. 22.
[5] “La estatua, cadáver estable y vertical que, de pie, saluda desde lejos a los transeúntes, nos hace señas, nuestras primeras señas-signos” Ibid P. 22
[6] “In ancient Greece it was a custom to break a slate of burned clay into several pieces and give each individual in a group one piece as a mark of identification. When, at a later date, they met and fitted the pieces together (Greek symbolletin) it confirmed that the persons were the same ones, or representative of those, who had received the pieces of clay in the first place” Liungman, C. Dictionary of Symbols (Nueva York: 1991), P. 5.
[7] Op cit P. 21.
[8] “La imago no es un pretexto, ni esos funerales una ficción: el maniquí del difunto es el cadáver (hasta el punto que se coloca un esclavo junto al maniquí de Pertinax para cazar las moscas con un abanico). Esta imago es un cuerpo potente, activo, público y radiante, cuyas cenizas, convertidas en humo, irán a reunirse con los dioses en el empíreo (cuando los restos reales sean puestos bajo tierra), abriéndole las puertas de la divinización”. Ibid P. 23.
[9] Barthes, R. Lo obvio y lo obtuso (Barcelona: 1986), P. 29.
[10] Debray, R. Vida y muerte de la imagen (Barcelona: 1994) P. 26.
[11] Ibid P. 34.
[12] “En 1991, tras la primera guerra de Irak, el president Sadam Husein hizo instalar en el suelo de la entrada del lujoso Hotel Al Rashid de Bagdad una imagen del president de Estados Unidos, George Bush (padre), para que todos sus residents y visitants tuvieran que pisarla forzosamente al entrar y salir del edificio”. Gubern, R. Patologías de la imagen (Barcelona: 2004), P. 333.
[13] Gubern, Román. Patologías de la imagen, (Barcelona: 2004), P. 11.
[14] Gubern, Román. Patologías de la imagen, (Barcelona: 2004), P. 333
[15] Cita por Román Gubern. Ibid
[16] Ibid P. 12
[17] “Las imágenes figurativas se originan como producto social de una negación entre lo perceptivo y lo cultural, lo óptico y lo convencional, lo biológico y lo simbólico. Y por ello, sus estridencias sociales pueden derivar de ambos polosGubern, R. Patologías de la imagen, (Barcelona: 2004), P. 12
[18] Ariès, P. Historia de la muerte en occidente: desde la Edad Media hasta nuestros días (Barcelona: 2000) P 55

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